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Caminando sobre “cristales de azúcar”… ¿Por qué la Diabetes daña los pies?

La diabetes es una enfermedad cada vez más frecuente y tiene efectos devastadores en quienes la padecen.

En México, prácticamente 1 de cada 10 personas padece diabetes y de éstos, 1 de cada 20 acaban sufriendo alguna amputación a consecuencia de la enfermedad.

Es un problema GRAVE, pero ¿cómo es que la diabetes termina dañando los pies, piernas, manos o brazos al punto de tener que acabar amputándolos?

Bien, todo se resume en el daño producido por los niveles elevados de azúcar en la sangre. Dichos niveles elevados producen a grandes rasgos 2 problemas: En primer lugar, dañan los nervios del cuerpo; esto produce que existan problemas en la sensibilidad, por lo que el paciente empieza a tener problemas para sentir, tanto de forma superficial como profunda. La traducción es una menor capacidad para sentir dolor y temperatura, lo que predispone a sufrir raspaduras, quemaduras, así como otro tipo de daño sin darse cuenta. Al estar afectados los nervios, también se afecta la respuesta de las glándulas encargadas de producir sudor, por lo que los pies están por lo general más secos y son más propensos a sufrir cuarteaduras o fisuras, lo que deja la puerta abierta a la entrada de microbios que pueden causar infecciones.

En segundo lugar, los niveles altos de azúcar en la sangre causan daño a los vasos sanguíneos como las arterias y venas, produciendo que se hagan rígidas y se calcifiquen con el paso del tiempo. Poco a poco va sucediendo lo que se observa cuando un río se va secando; inicialmente un caudal fuerte hace que el agua llegue hasta el final del camino sin problemas, pero a medida que el problema va avanzando cada vez menos agua (sangre) va llegando hasta el final por lo que el gran caudal acaba convirtiéndose en un chorrito apenas perceptible.

En la sangre viajan nutrientes y compuestos que necesitan los tejidos y órganos para funcionar, así como células que nos ayudan a transportar oxígeno y a defendernos de las infecciones e incluso los medicamentos que tomamos cuando los padecemos alguna enfermedad. A medida que circula menos sangre, también se va haciendo menor la cantidad de oxígeno, dejan de llegar las células que defienden al cuerpo y no alcanzan a atravesar los medicamentos que se utilizan para atacar las infecciones.

Imaginémonos entonces la mezcla de los factores. Uno usa por ejemplo un calzado apretado, desgastado o incómodo que lastima el pie; la persona no se da cuenta porque no siente la herida. La resequedad del pie hace que en el lugar de la herida se haga una grieta que empieza a infectarse. El paciente aún no se da cuenta de lo que está pasando y la infección empieza a avanzar. No llega suficiente sangre a la parte afectada, por lo que no alcanzan a pasar las células de sistema inmune que podrían ayudar a frenar la infección, por lo que empieza a haber pus y el paciente finalmente se da cuenta, buscando atención médica. Su médico le manda a hacer curaciones en su casa y le da antibióticos tomados, pero por la poca cantidad de sangre tampoco llega suficiente cantidad de antibiótico a la zona donde se necesita. Esto produce que la infección siga avanzando incluso hasta llegar a los huesos. Cuando el paciente, desesperado porque la lesión no cicatriza y porque el pie está empezando a cambiar de color y temperatura, finalmente es atendido por un especialista, podría ser muy tarde. Si la infección ha avanzado lo suficiente podría no haber opción sino una amputación.

Sin embargo, las cosas no siempre ocurren de esta forma y es que cuando la sangre que llega es tan poca que resulta insuficiente para que las células vivan, ocurre lo que pasa con una planta cuando uno la deja de regar por largo tiempo… empieza a morir. Si las células del pie no reciben oxígeno, nutrientes, ni compuestos necesarios para funcionar y además empiezan a acumular desechos (porque no hay sangre para que se los lleve), empiezan a morir. Si el pie empieza a morir, el resultado puede llegar a ser el mismo, así que no siempre es necesario que exista una infección para tener un resultado catastrófico.

Cuando el problema es que no existe un adecuado flujo de sangre, la solución no debe ser de primera instancia la amputación. Es por eso que, si un cirujano general, ortopedista o cualquier otro especialista propone una amputación como primera opción, usted siempre deberá exigir antes la posibilidad de ser valorado por un angiólogo. El objetivo del angiólogo es abrir las arterias que se encuentran bloqueadas o rígidas para que pueda llegar sangre nuevamente a la parte afectada, con lo que muchas veces es posible salvar una parte del cuerpo de la amputación.


Si gran parte del problema se debe a que no llega suficiente cantidad de sangre, una gran parte de la solución es hacer que la sangre vuelva a circular por donde ya no lo hace, así que es posible evitar el trágico evento.

Un punto vital es el tiempo pues mientras más pronto se logre un retorno de la circulación, menos daño existirá y menor probabilidad habrá de sufrir una amputación.

 

Cualquier herida en el pie de un diabético, cambio de color o temperatura, debe ser atendido y valorado en forma urgente y no debe tomarse a la ligera. Por lo general no se sabe qué tan extenso es el daño en la parte afectada, por lo que, aunque por fuera el problema no sea obvio, por dentro las cosas podrían estar peor de lo que uno imagina.

Siempre revise sus pies y ante la presencia de cualquiera de los datos mencionados acuda con un especialista. No lo tome como algo sin importancia, la prevención y pronta acción es lo más importante.

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